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El cuerpo deseado.

Alfonso del Río Almagro, El cuerpo deseado: Entre el discurso y la anatomía, REVISTA HUM 736: PAPELES DE CULTURA CONTEMPORÁNEA, Editada por el Grupo de Investigación: Tradición y modernidad en la cultura artística contemporánea, integrado en el Plan Andaluz de Investigación de la Junta de Andalucía, Cód: HUM. 736, Universidad de Granada, Noviembre, 2003, págs. 9-14. ISSN: 1695-8284


EL CUERPO DESEADO: ENTRE EL DISCURSO Y LA ANATOMÍA.


La boca es interesante porque es uno de esos sitios donde

lo seco del exterior se mezcla con el interior resbaladizo

Jenny Holzer

Seguimos viviendo justamente en el borde, sintiéndonos en el abismo que separa lo dicho de lo sentido, aturdidos ante un continuo desplazamiento que nos desliza hacia el interior a través de la secreción, para ser derramados por cualquier orificio hacia el exterior. Nunca un espacio fronterizo fue tantas veces traspasado, intervenido, nombrado, desplazado, ultrajado, reconstruido, garabateado... Un continuo goteo que nos sitúa en tierra de nadie, constantemente a mitad de camino de toda definición, un tejido poroso que rezuma verbo y anhela la carne, y que cuando tiembla encuentra en los márgenes del texto la sospecha de su anatomía, e intuye y descubre en los confines del cuerpo la presencia del discurso. A primera vista no encontramos más separación, porque el lenguaje se corporeiza y la carne se normativiza.

La insistencia sobre el espacio corporal y su identidad advierte de la inexistencia de los límites que en otros momentos sirvieron de sujeción o, cuanto menos, señala el debilitamiento de sus definiciones como consecuencia de un lenguaje desamarrado, que quedará traducido en una agitación hacia dentro y hacia fuera, en la que sólo se sobrevive a través de la movilidad: un persistente transito de la carne y tráfico de identidades y de lugares.

A través del pensamiento francés nos hemos sentido seducidos por nuestro propio cuerpo al comprenderlo como superficie en la que se asientan las costumbres sociales y se inscriben las confecciones discursivas. El cuerpo se presentaba como mapa biográfico, cartografías cerradas en las que nos podíamos adentrar para rescribir nuestros propios relatos a través de la trama deshilada de las costuras, textos corpóreos en los que podemos leer entre líneas y pliegues, más allá incluso de nuestras vísceras, porque antes incluso de que fuese moldeado y definido discursivamente, nos aseguraron que era un artificio cultural. La carne y el lenguaje se conjugaban de tal forma que compartían una misma genealogía. De este modo, el lenguaje no sólo nos delataba, sino que nos definía. Era él quien termina por constituirnos, tanto que aquello que llamamos identidad no era algo que nos viniera dado de antemano, sino que la construimos continuamente a través de determinadas prácticas discursivas. Ya Lacan[1] nos avisaba de que el lenguaje no era inmaterial, que era un cuerpo sutil, pero que era un cuerpo. Somos seres conscientemente legibles, cuerpos hablados y asediados por la palabra[2].

Son las estrategias de poder (siguiendo a M. Foucault) las que se encargan de falsificar el verdadero carácter cultural y construido de la identidad, hegemonizando unas sobre otras y convirtiéndolas en naturales. Cualquier origen es una falacia, nos aseguraba J. Derrida, pues las oposiciones binarias se pueden trascender al quedar clara su naturaleza cultural. Por ello, “los cuerpos, no pueden entenderse como objetos naturales o preculturales, porque [..] son en sí mismos el producto y el efecto directo de la propia constitución social[3]

El cuerpo no nace, el cuerpo se hace a través de la práctica discursiva, por lo que su construcción será entendida al mismo tiempo como proceso y producto de la propia y compleja representación fabricada por las tecnologías políticas. A sabiendas de que sus variables fluyen, cambian y se desplazan en diferentes contextos y ocasiones, será elaborada bajo significantes estables y estereotipados que aseguren la supervivencia de la propia tecnología. Los cuerpos, definidos discursivamente[4], no sólo se desarrollan a través de los cuerpos “reales y anatómicos” sino que terminan por reedificarlos a través de formas múltiples, tanto que aún intentando separar ese manto discursivo de la carne, bajo él no hallaríamos nada fuera del texto impreso de la cultura. La única certeza, mínima en ocasiones, sólo es posible encontrarla en la propia cultura, aunque bien pudiera ser que, en consecuencia, la posibilidad de contraatacarla fuera a través de la manipulación anatómica[5].

El cuerpo social terminará por tragarse al cuerpo natural, sin dejar ningún vestigio de su existencia, ninguna huella que nos permita suponerlo. La única naturaleza de lo humano será la cultura, “es más, el cuerpo es precisamente el lugar en el que la construcción cultural tiene lugar, la superficie de inscripción de los discursos del poder. Por ello resulta imposible acceder a lo que sería puramente cuerpo antes de que éste fuera traspasado por las prácticas discursivas que entretejen la cultura, aunque se admita que siempre hay en él un excedente que no se deja capturar por el discurso.[6]

Y es que el cuerpo, espacio y escenario de desafíos educacionales y de conflictos entre tensiones varias, objeto y resistencia de poder, “aunque no todos los estudiosos de la geografía lo crean, es un lugar” [7], pero, sobre todo, un lugar en el que se localiza un enfrentamiento diario entre lo interno y lo externo, la locura y la cordura, la salud y la enfermedad, lo natural y lo cultural, entre los saberes y poderes múltiples, un territorio en el que continuamente se desarrolla “una batalla en la que demasiado a menudo jugamos en contra, dando por buenas, obvias y naturales o razonables exigencias que nos encadenan al entramado de complicidades de un orden social sin otra legitimación que no sea la violencia”[8] pues toda batalla es traducida a un intento de normalización del que cada vez resulta más y más difícil escapar, pues sus dispositivos fluyen de la vigilancia pública al control doméstico legitimandose irracionalmente[9].

Si el espacio carece de carácter natural, de significado inherente, y es su uso el que acaba por determinarlo, nuestro cuerpo es definido como espacio de producción, confrontación y resistencia discursiva, en el que se refleja la sedimentación ideológica de la estructura social inscrita. Un ámbito de contrariedad y oposición a la prevaleciente hegemonía cultural y moral, pues la conciencia de cualquier individuo está mediatizada y conformada por el discurso social. Pero existe, además, otras formas de penetración “esencialmente no discursiva de la carne mediante el posicionamiento físico, las posturas reforzadas y el tatuaje cultural del cuerpo, el espacio de la escuela y sus códigos de vestimenta. En este sentido la cultura se inscribe tanto en el cuerpo como sobre él, mediante la extensión de la vestimenta del cuerpo en función de la lógica mercantil de la industria de la moda [...] y por la inscripción en los sistemas muscular y óseo de determinadas posturas, modos de andar o “estilos de la carne”. Éste es nuestro conocimiento corporal, la memoria que nuestro cuerpo tiene sobre cómo se deben mover nuestros músculos, cómo se deben balancear nuestros brazos y sobre cómo deben andar nuestras piernas. Es la forma de ser en nuestros cuerpos. [10]

Lo cierto es que no sólo se trata de comprender la discursividad del cuerpo. La incógnita que parecía haberse desvelado al desenmascararlo como el lugar del asentamiento silencioso de las normas no dichas y que fue exhibiéndose acompañado por un ligero aire jovial, que nos hablaba de una pequeña querella ganada al poder, convirtiendo el cuerpo en parque temático, no podía responder a la terrible angustia que se desprendía de un espacio de imprecisión. El cuerpo es un designio en el límite de la indeterminación pura, que cada época ha determinado conceptualmente de un modo u otro, como nos sugiere M. Foucault. El espacio resultante de desplazamientos constantes del significante, desde zonas conocidas a territorios de indeterminación semántica, socavando dichas concepciones y haciéndolas estallar desde sus fundamentos: el cuerpo sobrevive desplazado en los limites de su definición, y ha dejado de ser espacio homogéneo depositario de precisiones para convertirse en lugar de discursión y redefinición, de identidades desplazadas y atravesadas por voces y textos múltiples[11], intervenidas por una multiculturalidad de procesos, que lo instalan en y alrededor de un sistema social, y en el que cada vez nos resulta más difícil acceder, pues mientras tanto, estas mismas estrategias nos apartan de la carne y el lenguaje sobre ella derramado nos seduce.

Nos adentramos a través de su representación, a través de sus defecaciones, sus definiciones y de sus espejismos. Aturdidos por lo que sobre él se dice, no llegamos ni tan siquiera a oírlo, mientras suponemos que la escapatoria estaría no tanto en quedar atrapados en lo dicho como en no olvidar lo sentido. Parecemos ignorar que nosotros mismo somos cuerpo, que éste no es un objeto descontextualizado para analizar y racionalizar, sino el lugar en el que, para el que y, lo que es más importante, a pesar de cual vivimos.

Erotizados por los discursos publicitarios, médicos, jurídicos o pornográficos, el cuerpo se convierte a la vez en nuestra propia trampa, conquistados por la simulación y cautivados por la dialéctica de la piel, no logramos entender cómo la discursividad llega a cincelar nuestros huesos. Y es que “los discursos ni se asientan en la superficie de la carne ni flotan en el éter amorfo de la mente, sino que están envueltos en las verdaderas estructuras de nuestro deseo, puesto que el propio deseo se forma por las reglas históricas anónimas del discurso.”[12]

La verdadera y perversa transgresión viene dada por una economía libidinal que intenta y logra acceder y modelar nuestro propio deseo, ya que éste es construido socialmente, mientras que el cuerpo y la letra impresa y desplegada sobre él se nos ofrece como falso objeto deseable y conquistable.

No somos sólo lenguaje, el cuerpo es el lugar de producción y el producto de un deseo que nos constituye desde dentro y que, por si fuera poco, es capaz de deslizarse a través de los desafíos de la escritura, por muy cicatrizada que esté. Aunque el camino parezca ahora resbalarse hacia el deseo, en un intento por desentrañar las formas sociales de transformación, éste implica grandes riesgos, pues su naturaleza (aún por determinar) cambia mucho antes de que nuestra identidad social evolucione. Mientras, sólo queda decir, en palabras nuevamente de J. Holzer: “Protégeme de lo que quiero”.


[1]Ver J. Lacan, Escritos I, Ediciones Siglo XXI, Madrid, 1971.

[2]Como nos muestra Carolee Schneemann en “Exploración Interior” (1975), leyendo un texto-diálogo que sacaba del interior de su vagina.

[3]Linda McDOWELL, Género, identidad y lugar, Feminismos, Ediciones Cátedra, Universidad de Valencia, Instituto de la Mujer, Madrid, 2000, pág. 84

[4]Respecto a la relación que se establece entre el acto discursivo con el cuerpo y la posibilidad de transgredirlo, ver J. BUTLER, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, Paidós, Género y Sociedad, Barcelona, 2001.

[5]Este sería el caso de las propuestas de Orlan, Sterlac o Del LaGrace Volcano, entre otros. En ellas se nos plantea la subversión de la carne como única posibilidad de deconstruir la discursividad impresa en el cuerpo: operaciones de cirugía estética en el caso de Orlan, cuerpos atravesados y oradados, conectados electrónicamente en los que los internautas pueden acceder al cuerpo a través de pantallas táctiles para producir en él movimientos coreográficos, y micromáquinas insertadas en el estómago, las cuales respondían con estímulos luminosos, sonídos, etc. a las manipulaciones remotas de quienes interactuaban con el cuerpo de Sterlac, o las presencias transgenéricas de Del LaGrace Volcano.

[6]AA.VV. Piel que habla. Viaje a través de los cuerpos femeninos, Icaria Editorial, Col. Mujeres y culturas, Barcelona, 2001, pág. 12

[7]“Un cuerpo [...] se trata de un espacio en el que se localiza el individuo, y sus límites resultan más o menos impermeables respecto a los restantes cuerpos”, Linda McDOWELL, Linda, Género, identidad y lugar, Feminismos, Ediciones Cátedra, Universidad de Valencia, Instituto de la Mujer, Madrid, 2000, pág. 59.

[8]Ver Miguel MOREY en “Michel Foucault: el cuerpo como campo de batalla”, Revista Tres al cuarto, Actualidad, Psicoanálisis y Cultura, nº4, Mayo, 1998, págs. 14-15.

[9]Muestra de ello sería la obra “Backstage”de Julia Scher, grabaciones de servicios de caballeros que son mostradas en el suelo del piso superior del Hamburg Kunstverein.¿Quién y cómo se nos controla?

[10]Peter MCLAREN, Pedagogía crítica y cultura depredadora. Políticas de oposición en la era postmoderna, Paidós Educador, Barcelona, 1997, pág. 89.

[11]Este es el caso de los proyectos de la artista coreana Nikki S. Lee, en los que se introduce en comunidades que no son “aparentemente” la suya para no sólo imitar su apariencia y el comportamiento de otros grupos culturales, sino para terminar por no poder reconocerse.

[12]Peter MCLAREN, op. cit. pág. 90.

Espacios de exclusión.

Alfonso del Río Almagro. Espacios de exclusión. La neutralidad del espacio como estrategia de localización de la diferencia, REVISTA HUM 736: PAPELES DE CULTURA CONTEMPORÁNEA, Espacios de encuentro-lugares de conflicto, nº 7, Editada por el Grupo de Investigación: Tradición y modernidad en la cultura artística contemporánea, integrado en el Plan Andaluz de Investigación de la Junta de Andalucía, Cód: HUM. 736, Universidad de Granada, diciembre, 2005, págs. 6-16. ISSN: 1695-8284.


Espacios de exclusión. La neutralidad del espacio como estrategia de localización de la diferencia.

El artista no es un creador de sociedad (…) ni un mero espejo pasivo de la misma, sino un miembro de la comunidad que no puede aislarse de las condiciones del espacio que habita, ni debe eludir las responsabilidades éticas y políticas que implica su posición en dicho medio[1] Suzanne Lacy

Uno de los debates que repetidamente se viene produciendo en el terreno de lo artístico, se plantea en un intento por definir la especificidad del objeto de conocimiento de nuestro campo frente a otros terrenos del saber. Cuando pensamos en el objeto de conocimiento de nuestras investigaciones, a duras penas quedan resquicios que nos remitan a un elemento compartido del que podamos seguir estableciendo líneas comunes, y nos permita establecer un entorno concesuado desde el que poder establecer acuerdos. El campo artístico se desliza por múltiples intereses, en ocasiones inconfesables, en su mayoría disgregados y producto en algunos casos de revisiones críticas que nos liberan de la hegemonía de dictámenes sesgados e intencionadamente construidos. Aún así, en un esfuerzo por minimizar efectos y digresiones, que plantean una plural y compleja desestructuración del campo artístico, entendemos que podríamos, al menos por un momento, retomar el espacio como uno de los elementos desde el que poder continuar reflexionando. Al que poder asirnos para proponer estrategias comunes, grupales.

Hablar en términos artísticos sobre el espacio supone una tarea bastante ardua. Y no sólo debido a la multiplicidad de acepciones y formas de comprenderlo y usarlo, que a lo largo de nuestra historia occidental ha ido adquiriendo.

En primer lugar, no debemos olvidar que al plantear el espacio como objeto de conocimiento de gran parte de los discursos artísticos de la contemporaneidad, estamos observando un objeto compartido por otros campos supuestamente separados de lo artístico como son la sociología, geografía, etc. Esto es importante, por que aún retomando un sólo elemento como supuesto vertebrador de un discurso, que es suponer demasiado, estamos planteando la necesidad de desarrollos transdisciplinales en el terreno de nuestro conocimiento.

Por otra parte, desde la herencia de la modernidad artística, pensar en el espacio como objeto artístico, supone concebirlo como un elemento neutro, universal, estático, estructurado, centrado y, por encima de todo, homogéneo, en definitiva, medible en términos matemáticos, abarcable y comprensible visual y formalmente. De hecho, podríamos decir que esta representación del espacio a la que aludimos correspondería con el objeto de conocimiento de las artes visuales en la modernidad (reforzada por las primeras vanguardias, por la objetualización de la producción artística y por el desarrollo del discurso museístico que supuso, en el terreno de la creación, un desapego del espacio como conflicto en favor de un espacio receptor aséptico).

Desde el terreno artístico se omite cualquier valoración que se aleje de la formal, para repensarlo como una extensión carente de toda significación. Todo ello, en su mayor parte debido a un desarrollo de la modernidad donde “el arte por el arte[2] se convierte en slogan garante de libertad frente a los sometimientos requeridos por las demandas de todo contexto analizado. Una concepción del espacio que permite y potencia a los trabajadores del arte no atender al contexto en el que se desarrolla y favorece la creación de discursos personales e ensimismados como una postura ante la vida, reflejo de los momentos actuales en los que sobrevivimos. El arte por el arte o, lo que es lo mismo, un desarrollo de discursos personales onanistas superpuestos e impuestos a los espacios compartidos, usados y vividos por otros, por el resto.

Pero a su vez, esta apariencia que se le confiere al espacio en el terreno artístico no difiere mucho cuando hablamos del desarrollo del arte en el terreno de lo público. Lo cierto es que parece que establecer una diferencia entre arte y arte público ha permitido en demasiados momentos poder separar y diferenciar intenciones, responsabilidades y compromisos con respecto al posicionamiento que adoptamos frente al trabajo con el espacio. Todo arte es público por definición aseguraba L. Gerdes.

El espacio no es una realidad natural que nos venga dada desde el origen de los tiempos, sino más bien una realidad histórica construida de manera diferente por determinadas sociedades[3].Y es que el espacio carece de carácter natural, de significado inherente, de categoría de público o privado. No es que no pretendamos atender a las separaciones y escisiones que día tras día se nos impone y sufrimos en nuestras vidas, a los límites y fronteras artificialmente establecidas, hayan sido de uno u otro modo construidas y que configuran el modo en el que vivimos, nos relacionamos y nos pensamos. Lo que si pretendemos es fijar la atención en el hecho de que sea el tipo de nombre otorgado al espacio, sea este privado o público, cuya ubicación se ha ido modificando y reconstruyendo continuamente, está cargado y edificado por una serie de construcciones discursivas e ideológicas, que no sólo lo configuran, destinándolo a diferentes usos y modos de habitarlo, sino que lo hacen legible y lo urbanizan (y estar urbanizado significa estar normalizado).

De hecho, a lo largo de nuestra historia más próxima en occidente, el arte (junto a otros campos) ha evolucionado partiendo de una concepción del espacio que no abarcaba en modo alguno territorios que quedaban relegados al ámbito del anonimato, del silencio.

Un espacio descuartizado y seccionado en público y privado, haciéndonos creer que existen lugares ajenos a las formas de dominación y quedando desterrados de cualquier tipo de interés analítico o reflexivo. Los espacios denominados como privados resultaban expulsados de las investigaciones y de sus objetivos, a pesar de ser atravesados y penetrados por distintas formas discursivas. Sírvanos de ejemplo el destierro que ha sufrido el cuerpo de las investigaciones de la construcción y producción de los espacios, “Un cuerpo, aunque no todos los estudiosos de la geografía lo crean, es un lugar. Se trata de un espacio donde se localiza el individuo, y sus límites resultan más o menos permeables respecto a los restantes cuerpos[4]. “Es más, el cuerpo es precisamente el lugar en el que la construcción cultural tiene lugar, la superficie de inscripción de los discursos de poder[5].

De este modo, la separación practicada deviene de tal forma que por un lado nos encontramos lugares sin posibilidad de ser analizados, creándose así espacios muertos (donde no sólo se siguen desarrollando estrategias de dominación y subordinación, sino que en su anomia se reproducen de maneras mucho más severas y agudas) y, por otro, espacios maquillados por una homogeneidad y neutralidad indiscutible, que hace que cualquier atisbo de análisis se de bajo la hegemonía dictada. La higienización del espacio queda de este modo garantizada.

El espacio se nos muestra y presenta como una superficie transparente, que omite cualquier referencia o relación con discursos que no correspondan a las medidas volumétricas, a su tridimensionalidad, y dando como resultado un efecto de abstracción, una descorporización del mismo y un destierro de toda significación ideológica, carente de contenido social, cultural y esencialmente político[6].

Pero “el espacio no es un objeto científico separado de la ideología o de la política; siempre ha sido político y estratégico. Si el espacio tiene apariencia de neutralidad e indiferencia frente a sus contenidos, y por eso parece ser puramente formal y el epítome de abstracción racional, es precisamente porque ya ha sido ocupado y usado, y ya ha sido el foco de procesos pasados cuyas huellas no son siempre evidentes en el paisaje. El espacio ha sido formado y modelado por elementos históricos y naturales; pero esto ha sido un proceso político. El espacio es político e ideológico. Es un producto literalmente lleno de ideologías[7].

Una simplificación nada inocente la de la abstracción del espacio, pues aún sabiendo, tras varias décadas de reivindicaciones por parte de los discursos feministas, postcoloniales y de otros sectores de la población completamente ausentados en esta representación, que al hablar de éste no sólo hacemos referencia al modo en el que es medible en su especialidad, sino que hemos de tener presente que está encarnado ideológicamente, saturado por una red compleja de poder y de discursos de dominación y resistencia que se entretejen en él, y nos obligan a pasar de su concepción tridimensional a la multidimensional, de su especialidad a su contextualidad[8].

Esta conceptualización del espacio se nos sigue mostrando e, incluso, imponiendo desde los estamentos de poder como un objeto dado y no cuestionable. Y es que la hegemonía espacial significa la naturalización de una dominación material a través de la imposición de ciertas percepciones o representaciones de cómo el espacio debe ser apropiado, usado y vivido.

Una representación que deriva de una lógica muy particular de saberes técnicos y racionales vinculados con las instituciones de poder dominantes y con las representaciones normalizadas generadas por una forma hegemónica tanto de visualización (en las que el arte es uno de ellos), como de su ocupación y uso.

Esta es una concepción de un espacio descontextualizado de los mundos de vida, que en su inmaculada limpieza ideológica niega y homogeniza cualquier tipo de disidencias, oculta sometimientos, vigila la deserción y destierra la corporeidad. Una conceptualización y abstracción del espacio alejadas de cualquier forma de cotidianeidad, que queda silenciado y desinfectado a la espera de un cuerpo malsonante, diferencial. De esta manera, se produce una visión normalizadora que ignora cualquier esbozo de diferencias y otras formas de ver, percibir, imaginar y habitar el mundo[9].

Es por tanto un espacio trampa preparado para localizar, señalar, neutralizar y eliminar la diferencia desde unos parámetros establecidos que procuran la homogeneidad. Torturas cotidianas que producirán la exclusión de grupos de personas y formas de habitar, que comenzarán a experimentar el espacio público moderno sólo como lugares del ejercicio del poder, como territorio de exclusión, disciplinario y controlado[10], lo que llevará tanto a una búsqueda de espacios diferenciales y diferenciados (otros modos de hacer y de pensar) y, como consecuencia, a un control e ilegalización de los mismos, como a comenzar prácticas espaciales de resistencia y camuflaje[11], suscitadas por un intento de ubicación y localización de lo otro y su representación en lo público, frente al desarrollo de políticas espaciales de destierro, aunque estas se den en su vertiente de integración. “La política consiste siempre en domesticar la hostilidad y en tratar de neutralizar el antagonismo potencial que acompaña toda construcción de identidades colectivas. El objetivo de una política democrática no reside en eliminar las pasiones ni en relegarlas a la esfera privada, sino en movilizarlas y ponerlas en escena de acuerdo con los dispositivos agonísticos que favorecen el respeto del pluralismo[12].

El espacio queda definido de esta forma por aquello que la norma que lo define oculta, calla, margina y silencia. Es decir, la neutralidad del espacio queda construida como estrategia de localización de la diferencia.

Sin embargo, bajo esta situación de homogenización, los espacios (y recordemos que todo espacio es público en cuanto que es socialmente construido) quedan asumidos como lugares de construcción de ciudadanía y encuentro social. La acepción del espacio unitario y unificado, racional y racionalista, centrado y universal, sano y saludable, luminoso e iluminado, seguro y controlable, normalizado y normalizador y por supuesto legalizado, es aceptada y apreciada por muchos de manera positiva, ejemplarizante de los logros de una civilización que favorece el diálogo y el encuentro seguro entre iguales. Como vemos, la relación que se establece dependerá de quién sea el usuario del espacio y la forma en que éste se adscriba a los significados y propósitos propuestos por la hegemonía dominante y por la identidad que todo espacio otorga al habitarlo (y no olvidemos que el/la artista es siempre un usuario).

Pero ¿quiénes son estos a los que esta conceptualización del espacio les denomina y considera iguales? ¿Para quiénes y por quiénes es construido el espacio de esta forma marcada por la neutralidad y no de otras, quedando definido como localizador de la diferencia entre los/las que no son iguales? Y por tanto ¿qué tipo de ciudadanía[13] se propicia en detrimento de otras? Dar respuesta a eso me parece demasiado obvio, aún así no me permitiré el silencio como postura, evidentemente responde a una visión heteropatriarcal del mundo y de sus representaciones.

La supuesta neutralidad de esta conceptualización cientifista del espacio, alberga, como decimos, diversas estrategias de subordinación y dominación, y como consecuencia modelos de desigualdad. Un primer esbozo vendría dado por el efecto que ejerce para la localización de la diferencia, pero “el tema clave, no es la cuestión de la diferencia per se, sino que concierne al interrogante de quién define la diferencia y cómo se representa[14], cómo se construye y se articula y en base a qué criterios se establece y se desarrolla. “Hay que aceptar que la diferencia y la semejanza, más o menos recóndita, está en todas partes; pero cuáles de ellas se tienen en cuenta y con qué objetivo es algo que se determina fuera de la investigación empírica[15]. “La ciencia no se limita a investigar sino que ella misma genera la diferencia[16].

Formas de exclusión propuestas desde una conceptualización del espacio muy determinada e intencionada, que aunque rápidamente experimentadas no son fácilmente localizables, ya que éstas no son únicas ni estables y se presentan de forma fragmentada y descentrada, entremezclándose de tal manera que parecen perder la autoría de quien las ejerce. Ya no vemos el poder sino su representación hibridizada en formas muy diversas, siendo experimentado en sus efectos, y desvaneciéndose como causa. Sus extensiones son tan diversas y resbaladizas que, al menos por mi parte, parecen llegar a confundirse con mis propias arterias y capilares. Desde luego la fusión corporal (espacial) y cultural es la última de las trampas en la que me encuentro inmerso.

¿Cómo se articulan éstas para que tu o yo, aquí, entre personas de nuestra misma raza, clase, estatus, género y orientación sexual, podamos sentirnos excluidos/as, arrinconados/as?

No basta con desnaturalizar la concepción espacial hegemónica, no se trata sólo de reconocer estos conceptos como algo intencionadamente construido, pues decir que hay que cuestionar la configuración del espacio es asumir que hay que deconstruir la configuración cultural del mismo.

Si el espacio queda definido por las estrategias que en el se desarrollan, la investigación artística debería proponer estrategias en ese mismo sentido, prácticas de resistencia que no operen construyendo estructuras alternativas de poder o ignorando las reglas dominantes, sino a través de una apropiación crítica y selectiva de prácticas disciplinarias, transformando su sentido original y alterando su carácter represivo. Si el arte es un estado de encuentro y está construido de la misma materia que los intercambios sociales, en palabras de N. Bourriaud[17], no puede por menos que comprometerse en un análisis social, cultural y político del objeto que le es propio, sabiendo que es en él donde encuentra una multiplicidad de formas de construir y reflexionar que le aleja del ensimismamiento formal y visual, mostrando cómo ha sido construido y bajo qué estructuras políticas y relaciones de poder y saber, y qué formas de resistencia y cuestionamiento podemos desarrollar, abordando las prácticas culturales en sus formas opresoras, desvelando las posiciones privilegiadas de los discursos y los procesos de dominación invisibilizados, que nos permita transformar críticamente los usos y significados del espacio propuestos por los productores. En definitiva, ser testigos de los acontecimientos y tomar postura.

Alfonso del Río Almagro



[1]CARRILLO, Jesús, “Especialidad y arte público”, En: AA.VV. Modos de hacer: Arte crítico, esfera pública y acción directa, Ediciones Universidad de Salamanca, p. 140

[2]Clement Greenberg, defensor del “arte por el arte”colaborará con la C.I.A. para potenciar proyectos de abstracción, privilegiando la libertad del genio individual, y para enfrentarse al trabajo de artistas socialistas al servicio del gobierno, que desarrollan la figuración.

[3]SENNETT, Richard, Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Editorial Alianza Forma, Madrid, 1997, p. 19.

[4]MCDOWELL, Linda, Género, identidad y lugar, Colección Feminismos, Ediciones Cátedra, Universidad de Valencia, Instituto de la Mujer, Madrid, 2000, p. 59.

[5]Ibidem, p.12. Ver al respecto: MCLAREN, Peter, Pedagogía crítica y cultura depredadora. Políticas de oposición en la era postmoderna, Paidós Educador, Barcelona, 1997, p. 89.

[6]Político entendido en las acepciones propuestas por Chantal Mouffe a “lo político” (ligado a la dimensión de antagonismo y de hostilidad que existe en las relaciones humanas, antagonismo que se manifiesta como diversidad de relaciones sociales) y “la política” (que se apunta a establecer un orden, a organizar la coexistencia humana en condiciones que son siempre conflictivas, pues están atravesadas por “lo” político). MOUFFE, Chantal, El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, Editorial Paidós, Barcelona, 1999, pp.14

[7]LEFEBVRE, Henri, “Reflections on the politics of space” Revista Antipode nº 8, (2), pp. 30,37

[8]Ver AA.VV. Modos de hacer. Arte crítico, esfera pública y acción directa. Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 2001.

[9]Éste correspondería con el Espacio concebido, uno de los aspectos que se interrelacionan en los procesos de producción del espacio, LEFEBVRE, Henri, La production de l'espace, Ed. Anthropos, París, 2000

[10]FOUCAULT, Michel, Vigilar, castigar, Siglo XXI, Madrid, 1986

[11]Un ejemplo de las prácticas de resistencia y camuflaje lo encontramos en AA.VV. Manual de guerrilla de la comunicación, Editorial Virus, Barcelona, 2000.

[12]MOUFFE, Chantal, El retorno de lo político. Op.cit. pp.14

[13]Entendemos que la ciudadanía es consciente de los derechos y obligaciones, de la diversidad y diferencias, de las necesidades, sometimientos y relaciones que mantiene con el poder todo individuo.

[14]Ver BRAH, Avtar, “Diferencia, diversidad, diferenciación”, En: Otras inapropiables. Feminismos desde las fronteras, Traficantes de Sueños, Madrid, 2004, p.120

[15]LAQUEUR, Thomas, La construcción del sexo : cuerpo y género desde los griegos hasta Freíd, Colección Feminismos, Cátedra, Madrid, 1994, p.31

[16]Ibidem, pp. 43,44

[17]BOURRIAUD, Nicolas, Estética relacional, en Modos de hacer, op. cit, pp. 427,445.

De la diversidad como riqueza a la interculturalidad como desorden.

Alfonso del Río Almagro, De la diversidad como riqueza a la interculturalidad como desorden.en IMÁGENES MULTIMEDIA DE UN MUNDO COMPLEJO. VISIONES DESDE AMBOS LADOS DEL ATLÁNTICO. (JESÚS RUBIO LAPAZ (COORD.) Catálogo de la exposición internacional celebrada en Sevilla mayo-junio 2008, Buenos Aires mayo-junio y agosto-septiembre 2008, México DF. Mayo-junio 2008, La Habana mayo-junio 2008 y Granada octubre-noviembre 2008. Junta de Andalucía- Universidad de Granada, pp.24-33.


El arte es un estado de encuentro”. N. BOURRIAUD[1]

Intentar plantear los problemas sociales que existen en nuestro estado (cada vez más integrado con el modo de vida del resto de países que forman eso que llamamos el primer mundo o países desarrollados) y de cómo éstos son abordados y cuestionados desde el discurso artístico, resulta cuanto menos complejo, sino inabarcable. Situar la multiplicidad de reacciones que desde el mundo del arte se están dando a la problemática sociocultural de este principio de milenio y reflexionar sobre todos y cada uno de los aspectos que genera una realidad confusa y la postura adoptada por parte de la ciudadanía, requiere de un análisis en profundidad y un trabajo mucho más extenso que este texto.

Desde luego, son muchos los puntos de vista que se aportan en los trabajos que aquí se presentan, todos ellos, diversos y distintos entre si como no podía ser de otro modo. Una diversidad que reclamamos como necesaria y precisa, en un momento en el que, en palabras de Nestor García Canclini: “hemos pasado de la diversidad como riqueza a la interculturalidad como desorden[2].

No hemos pretendido una homogeneidad en las propuestas, pues hacerlo seria contradecirnos a nosotros/as mismos. Todos ellas, a través de métodos y procesos distanciados, se han desarrollado bajo una postura crítica ante determinadas situaciones que nuestra sociedad actual presenta, aunque evidentemente relacionadas por la utilización política de la imagen multimedia como instrumento generativo y de cuestionamiento. Como otras tantas veces ha sucedido, el desarrollo de los lenguajes genera nuevas prácticas y objetos, al mismo tiempo que produce nuevas formas y relaciones de poder que hemos de subvertir, pues no debemos olvidar que todas las formaciones discursivas son un lugar de poder[3].

Basta con mostrar esta serie de trabajos a modo de encuentro para poder reflexionar conjuntamente sobre las condiciones y causas que los generan y que, a su vez, nos definen culturalmente, y establecer así los paralelismos, discrepancias y confluencias con las posturas adoptadas en las creaciones de los otros países. Muchos de los conflictos con los que convivimos son muy similares a los de otros estados cercanos geográfica y culturalmente. La homogeneización del planeta conlleva una uniformidad de los discursos, una globalización de los conflictos, aunque no siempre una misma respuesta por parte del poder ante las demandas de la sociedad, y ante las que el discurso artístico asume su labor como herramienta de cuestionamiento crítico. Pues, como afirma S. Lacy, “el artista […] no es un creador de sociedad[…], ni un mero espejo pasivo de la misma, sino un miembro de la comunidad que no puede aislarse de las condiciones del espacio que habita, ni debe eludir las responsabilidades éticas y políticas que implica su posición en dicho espacio[4].

Pero mientras tanto las vidas continúan, y para muchos/as, (los llamados con suerte), ajenos/as a los efectos perversos de las políticas económicas neoliberales, los despertadores les zarandean en sus viviendas hipotecadas, las jornadas laborales les absorben a la espera de que el sueño del éxito y la fama los alcance.

Cada día nos levantamos y recorremos las calles, cruzamos los barrios y las ciudades en una continua búsqueda. Con suerte, nuestro objetivo será ir al encuentro con el otro, que se convierte en uno de los motivos principales y vitales para escudriñar y habitar las ciudades. Pero nuestras obsesiones y deseos se han convertido en el eje fundamental de nuestra sociedad, encargada de saciar nuestras más íntimas y publicitadas necesidades a través de movimientos programados y ordenados a lo largo de nuestras vidas.

A cada paso son tantas las barreras que encontramos que bien podríamos decir que nos hayamos en una verdadera carrera de obstáculos o de fondo. Pero nada importa. Saciar el apetito es lo primero, lo único, lo obligado. Por más inconvenientes e impedimentos que encontremos, nada parece hacernos olvidar nuestra continua sed. Nos encontramos en la sociedad del bienestar, en un microcosmos en el que nuestra única tarea es seguir necesitando aquello que el sistema nos proporciona y nos incita. ¡Bienvenidos/as al nuevo mundo del consumo democrático¡

Atrás ha quedado nuestra historia más reciente, aquella que situaba al estado español más allá de las puertas de primer mundo, y de la que rara vez nos ocupamos de revisar o recordar, seducidos/as por una carrera hacia una europeización que nos convierta en los/as verdaderos/as ciudadanos/as de primera fila que soñamos.

Atormentados/as por discursos sobre los conflictos, el terrorismo, la violencia de género expresada en todas y cada una de sus formas, y sobre la que reflexiona Merçe Galán en el proyecto “Equilibrios Inestables”, cansados/as de debates sobre la especulación, los avatares de la inmigración, las consecuencias de los nacionalismos, el acceso a la vivienda, la inseguridad ciudadana, etc. no hay nada como tener tiempo libre para introducirse en maravilloso mundo de los centros comerciales, olvidarse de todo, e incluso quedarse en ellos a vivir, cuanto menos mentalmente. Éstos, estratégicamente planificados y climatizados, se han convertido en el centro de la vida social, a pesar de tratarse de un espacio extirpado de la esfera pública, vigilado y controlado y sin las ventajas de (entre otras muchas) el derecho a la libertad de expresión o de reunión[5].

Nuestra propia historia y realidad, salpicada continuamente por una multiplicidad de contradicciones y conflictos socio-políticos, ha quedado relegada y apartada a un fuera de campo a favor de los primeros planos de una teleserie en directo televisada. Una ficción en la que nuestra intimidad[6] se ha convertido en el protagonista principal, hasta el punto de convertirse en ingrediente básico de las parrillas de toda clase de medios audiovisuales. Tanto que, actualmente, el elemento diferenciador entre ellos se circunscribe exclusivamente a la diferentes peculiaridades formales del logotipo de cada programa. Un espectáculo escandaloso y de audiencias masivas, instigado por programadores sin escrúpulos que nutren esos espacios y nuestras mentes, como si de un virus mediático se tratara, y que convierte el dolor en un consumible, irreal y esperpéntico espectáculo televisivo que Félix Fernández recoge en “Prime Time”.

¿A quién le importa la prostitución en N-340, las secuelas de una enfermedad, la naturalización de los géneros y la imposición violenta de uno sobre otros o las penurias de los inmigrantes cruzando el estrecho?

Nuestras vidas siempre espléndidas, adornadas por perfectas familias en viviendas adosadas, irónicamente representadas en la propuesta del “Emancipator” del colectivo Bubble Business, aspirantes a subir en la clase social, no dejan espacio a esa otra realidad que nunca parece ser la nuestra, que nunca nos pertenece. La pobreza, el hambre, la guerra, la violencia o su feminización, siempre son de fuera, como si por arte de magia hubiéramos podido olvidar nuestra propia memoria y apartar de nuestras miradas aquellas otras realidades que se dan en nuestros entornos más inmediatos, cuando no en nuestros propios hogares, como podemos escuchar en los testimonios que nos presenta Guzmán de Yarza de los vecinos del barrio del Gancho de Zaragoza.

Para ello elevamos nuestras fronteras geográficas y mentales que, cada vez más, se alzan y cierran a todo aquello que nos amenaza. Cientos de vidas, algunos de cuyos nombres son recuperados por Olivia Prieto en su “Cuaderno de Bitácoras”, atraídas por la posibilidad de una mínima esperanza de vida, chocan diariamente con las alambradas y un sistema fronterizo que afianza una escisión entre unas zonas y otras, a pesar de que una vez dentro se convierten en una mercancía que produce altos beneficios, jugando un papel importante en la producción y reproducción del capitalismo globalizado, como confirma el trabajo “N-340” de Ana Navarrete y Verónica Perales. Las fronteras son construcciones artificiales, pero “ésta no es tanto una línea geográfica imaginaria que separa los países, como una herida en los cuerpos y la psique de los individuos, especialmente de aquellos cuyas condiciones de vida les impulsan a atravesarlas clandestinamente[7].

La sociedad del consumo nos ha convertido en sonrientes consumidores/as consumados/as, pero también confundidos/as, predecibles y agotados/as. La inmensa y aún creciente oferta de productos y estilos de vida, la creación de necesidades ficticias por parte de los/as estrategas de marketing y las requeridas exigencias del estatus social forman parte de un sistema que ejerce un control psicológico sobre el cidadano/a-consumidor/a y en el que el motor principal del consumo desenfrenado ya no es necesariamente la avaricia[8]. Triunfar, poseer, comprar y aparentar (y expulsar de nuestro alrededor cualquier conflicto que lo impida) son variables que rigen las maravillosas vidas de millones de personas en nuestro estado, recibiendo gustosamente miles de mensajes que nos inciten a comprar y a gastar. La acción de producir y consumir que mueve el mundo no puede parar, pues de ella dependen nuestros sueños y las economías mundiales, familiares, millones de puestos de trabajo y un estilo de vida que ha convertido al consumo en el eje principal para satisfacer las necesidades y crear otras en función de la demanda.

Y si los salarios no dan de sí lo suficiente, no hay problema, la solución:"Living Innovation" del grupo Ensacorroto. Entidades de todo tipo estarán dispuestas a prestar el dinero necesario para hacer realidad grandes o pequeños sueños, a un interés variable dependiendo del caso. La máquina debe funcionar a pleno rendimiento, en todas y cada una de las industrias: farmacéutica, alimenticia, textil….cultural y artística. Pues no olvidemos que nos encontramos perfectamente inmersos y acoplados en la maquinaria consumista, y como decía Philippe de Montebello, director del Metropolitan Museum of Art de New Cork “Nuestros motivos no son inocentes[9]. También en nuestro ámbito producimos y consumimos del mismo modo que cualquier otra esfera comercial. Aunque, en palabras de Dennis Oppenheim “parece que una de las funciones principales del compromiso artístico es empujar los límites de lo que puede hacerse y mostrar a los demás que el arte no consiste solamente en la fabricación de objetos para colocar en las galerías; que puede existir con lo que está situado fuera de la galería una relación artística que es importantísimo explorar[10].

Hipotecas, préstamos al consumo, compras a plazos, tarjetas de crédito, etc. Se trata de pertenecer al club de los/as que pueden comprar, viajar, sonreír y triunfar, convirtiéndose esta obsesión por tener y por el status en una epidemia de todo tipo de enfermedades sociales, desde el desinterés, la frustración, la vulnerabilidad....“El sentimiento de vulnerabilidad es, precisamente, lo que hace que los protagonistas de la vida pública pasen gran parte de su tiempo –y en la medida en que les resulta posible- escamoteando y ofreciendo señales parciales o falsas acerca de su identidad, manteniendo las distancias, poniendo a salvo sus sentimientos y lo que toman por su verdad[11].

Es cuestión de tener éxito, o al menos aparentarlo. Una forma de vida llena de miles de productos con todo tipo de ventajas, colores y brillos, de posibilidades al alcance de casi todos los bolsillos, que nos prometen ser únicos/as, distintos/as… en definitiva demasiado parecidos/as. Un mundo cada vez más homogéneo.

A imagen y semejanza del más puro espectáculo hollywoodiense, nos hemos convertido en verdaderos/as héroes y heroínas del consumo anónimo, en clones de imágenes artificiales, persiguiendo una falsa identidad que no se inmute, en una cultura que favorece y alienta la ocupación de lo público exclusivamente para el consumo. Evidenciamos continuamente los vacíos del sistema pero a su vez no hacemos sino hegemonizar las mismas estructuras jerárquicas. Nuestras formas de vida sólo encuentran salida en la dispersión, el camuflaje o el silencio (muchas veces como postura, ni siquiera como imposición). Hemos entendido que hay muchas formas de ser y estar, y el silencio también es una de ellas. Comprar y callar.

Todo cuanto nos rodea se convierte en un escenario premeditado e intencionado que permite y garantiza la ocultación de todo cuanto nos aleje de ese sueño, al más puro estilo del centro comercial. El fracaso, la miseria, la violencia, la vejez o la enfermedad son encubiertos y borrados de cualquier presencia en lo público. Sin embargo, Violeta Iriberri se afana en mostrarnos esas otras realidades corporales, siguiendo los pasos de danza, en su “Pass de Bourée”. Lo real se convierte en una presencia difusa, desdibujada. La sensación de extrañeza en un mundo que no sólo cambia, sino que se lo hace de forma paradójica y perversa para quienes no terminan acomodados/as (excluidos/as, enfermos/as y monstruos/as[12]) en estancos preestablecidos, que en absoluto tienen en cuentan las más básicas necesidades de la población, se va convirtiendo poco a poco en la piel que acoge y envuelve todo cuanto nos rodea.

Estas categorías configuran a su vez nuestro modo de pensar, crear y habitar los espacios, los barios, las calles, etc. Poco a poco las ciudades enteras son reconstruidas y reinventadas como industrias turísticas. Asistimos a la remodelación de la ciudad en zona de ocio, que atraiga y garantice visitantes, a costa de una privatización de los espacios que terminan amurallados y cerrados, comercializándose y restringiéndose su uso. Presenciamos la reconversión de la ciudad en grandes parques temáticos, juegos de cultura convertida en espectáculo. Políticas culturales a gran escala y destinadas básicamente a la exaltación de de unos valores que deterioran y resquebrajan el concepto de lo público, a la vez que perpetúan los códigos que hegemonizan y afianzan el uso privatizado del mismo. Pues “la ciudad no es sino la imagen de la realidad económica que la ha producido[13].

El concepto de ciudad ha entrado en crisis[14]. Asistimos a una transformación de ésta y de las relaciones que en ella se propician y generan por parte de los agentes que las ocupan, marcadas por un ritmo económico frenético, que nos lleva a una descentralización (barrios periféricos, zonas residenciales, campus universitarios en el extrarradio, unión con los pueblos circundantes, etc.) y gentrificación. Somos desplazados/as de los centros urbanos, en los que las viviendas deshabitadas son ocupadas por oficinas y sucursales. La ciudad no es un lugar generoso abierto y dispuesto a los distintos grupos que la habitan, sino que cada vez más es definida por fortalezas y murallas que nos separan, aíslan y ocultan. A estas alturas es una turística imagen que se contempla desde el coche. “La ciudad, cualquier ciudad, no es sólo un montón de estructuras construidas sino también un conjunto de relaciones, es un escenario geopolítico. Más que una simple intersección de representaciones en conflicto, la ciudad está compuesta de múltiples realidades que raramente se cruzan y que cuentan desigualmente en los modos en que la sociedad se representa a sí misma[15].

Estar urbanizado es estar normalizado, estar vigilado. En las urbes contemporáneas, los aparatos de control de los estados, buscando protegernos de la inseguridad, el terrorismo y las catástrofes, han normativizado nuestra vida en plazas, parques, aeropuertos, transportes y edificios, que se llenan de barreras, controles, prohibiciones e imposiciones, que deterioran las libertades básicas del individuo. Los instrumentos de control y vigilancia empiezan a estar tan integrados en nuestro entorno que ya no nos damos ni cuenta de su constante intrusión en nuestras vidas[16]. Bajo el lema de “por nuestra seguridad”, estamos siendo vigilados/as continuamente en todo lugar e incluso en nuestros propios hogares. Instrumentos de vigilancia que localizan a cualquier individuo en cualquier lugar del mundo. Las nuevas y sofisticadas tecnologías tienen la capacidad de localizar a cualquier persona. Los sistemas son variados, desde cámaras de televisión por circuito cerrado, grabadores electrónicos, reconocimiento del iris de ojo o mecanismos de localización implantados en el cuerpo. La utilización de esta avanzada tecnología estaba dirigida a la búsqueda y localización de criminales y terroristas, sin embargo, en nombre de la seguridad se está invadiendo continuamente nuestra intimidad y nuestra capacidad de acción, decisión y movimiento en lo público, circunstancia que debería incrementar la alarma y la preocupación de la sociedad. Técnicamente, no hay límite a la información que puede almacenar de nosotros cualquier sistema avanzado de vigilancia y tiene el poder de revelar no sólo quiénes somos, sino también todo lo que hacemos.

Una de las mayores paradojas de la sociedad en que vivimos, es que a mayor libertad de información y mayor capacidad de comunicación, gracias a las nuevas tecnologías, los/as ciudadanos/as somos más vulnerables frente a nuestro derecho a la intimidad y más desprovistos/as de recursos para controlar los datos más personales, ya sean fiscales, genéticos o de la propia imagen y voz. Y aun así, seguimos concibiendo el espacio público democrático como espacio de libertad, un espacio libre de conflictos. “La eterna vigilancia es el precio de la libertad” aparece escrito en la fachada del edificio de los Archivos Nacionales de Washinton.

Nos hayamos inmersos/as en una imposición cultural homogénea, neutra, sin grietas, llena de tópicos, estática y carente de contenido sociopolítico, aunque saturada por una red compleja de poder y discursos de dominación. Desde los medios de comunicación (y las mismas formas de comunicación son practicas de dominación) se promueve, instiga y difunde un sistema de pensamiento tan hermético y rígido que podríamos trazar líneas definiendo sus formas, principios y métodos y de ellas nos saldrían muchas de las estructuras y de las plantas de edificios como las iglesias, las cárceles, etc.

De esta manera, se produce una visión normalizadora de nuestro espacio social y cultural que ignora cualquier diferencia y otras formas de ver, percibir e imaginar el mundo, nuestras vidas y nuestras relaciones, de la que da muestra el contenido del que parte la obra “Las personas normales” de Noelia Murriana. Su efecto es por tanto de descorporización del espacio. En él todo queda silenciado e inmaculado a la espera de un cuerpo malsonante (diferencial). El espacio queda preparado para localizar la diferencia desde unos parámetros establecidos que procuran la neutralidad y homogeneidad.

Y esto lleva a pensar el entorno social y las normativas que lo regulan como algo dado y no cuestionable. Un espacio impositivo que niega discrepancias, oculta sometimientos y vigila la deserción. Pero no se trata sólo de reconocer estos conceptos como algo construido, sino mostrar cómo han sido edificados y bajo qué estructuras políticas y relaciones de poder y saber.

Desde el terreno artístico, algunas propuestas intervencionistas intentan interactuar con los procesos sociales y políticos y se dirigen a los/as protagonistas de los mismos, es decir, a todas las personas que de formas diversas conviven en un espacio físico concreto. Pero para impulsar la inmersión en el lugar e interactuar en una parcela del espacio público, asumen y son conscientes de que es un escenario de múltiples relaciones, en el que entran en juego las estructuras económicas, políticas, sociales, religiosas de la sociedad, así como las prácticas que día a día tienen los/as habitantes en cuanto que usuarios/as y productores del mismo.

Nuestras ciudades, y en consecuencia nuestras vidas, son por tanto espacios trampa preparados para localizar, señalar, neutralizar y eliminar toda diferencia desde unos parámetros establecidos que procuran la homogeneidad. La neutralidad del espacio queda construida como estrategia de localización de la diferencia, de lo extraño, de lo otro, de lo que no se adecua a unas determinadas normas civilizadoras, quedando definidas por aquello que dicha norma oculta, calla, margina y silencia. Torturas cotidianas que producirán la exclusión y negación de grupos de personas y formas de habitar, que comenzarán a experimentar el espacio público moderno sólo como lugares del ejercicio del poder, tal y como nos presenta en sus trabajos Valeriano López. Territorios de exclusión, disciplinarios y controlados[17] que llevará tanto a una búsqueda de espacios diferenciales y diferenciados (otros modos de hacer y de pensar) y, como consecuencia, a un control e ilegalización de los mismos, así como a emprender prácticas de resistencia y camuflaje[18] suscitadas por un intento de ubicación y localización de lo otro y su representación en lo público, frente al desarrollo de políticas espaciales de destierro, aunque estas se den en su vertiente de integración. Sirva de ejemplo la presencia u ocultación de vagabundos/as y mendigos/as en nuestros entornos, o las prácticas diarias que nos presenta el equipo de trabajo “Democracia”, de los/as ciudadanos/as que recogen los alimentos caducados del día anterior a las puertas de los establecimientos, subrayando su condición de consumidores/as fracasados/as. Son los llamados cuartos mundos: aquellas situaciones de extrema marginalidad social que se dan en una gran ciudad de un país desarrollado, y que se hacen visibles a la ciudadanía en su espacio público[19]. Y como consecuencia, esta localización de la diferencia producirá más inseguridad en la ciudadanía. Pero “el espacio público no provoca ni genera los peligros, sino que es el lugar donde se evidencian los problemas de injusticia social, económica y política. Y su debilidad aumenta el miedo de unos y la marginación de los otros y la violencia urbana sufrida por todos. [...] La agorafobia, sin embargo, es una enfermedad de clase de la que aparecen exentos los que viven en la ciudad como una oportunidad de supervivencia[20].

Lo otro, lo extraño, lo diferente, lo ambiguo, intenta ser excluido de la representación pública, quedando relegado a las zonas en penumbra a las que nos invita a entrar visualmente Carlos Aires, convirtiéndose en una mercancía exótica alejada y apartada. Y es que lo extraño y cercano directamente nos causa pavor.

Sin embargo, bajo esta situación de homogenización, los espacios (y recordemos que todo espacio es público en cuanto que es socialmente construido) quedan asumidos como lugares de construcción de ciudadanía y encuentro social: el sueño europeo. La acepción del espacio unitario y unificado, racional y racionalista, centrado y universal, sano y saludable, luminoso e iluminado, seguro y controlable, normalizado y normalizador y por supuesto legalizado, es aceptada y apreciada por muchos de manera positiva, ejemplarizante de los logros de una civilización que supuestamente favorece el diálogo democrático y el encuentro seguro entre iguales. Como vemos, la relación que se establece dependerá de quién sea el usuario/a del espacio (y no olvidemos que el/la artista es siempre un usuario) y la forma en que éste/a se adscriba a los significados y propósitos propuestos por la hegemonía dominante.

Pero ¿quiénes son estos a los que esta conceptualización del espacio les denomina y considera iguales? ¿Para quiénes y por quiénes es construido de esta forma marcada por la neutralidad y no de otras, quedando definido como localizador de la diferencia entre los/las que no son iguales? Y por tanto ¿qué tipo de ciudadanía se propicia en detrimento de otras? Quizás el trabajo P.N.B. (Producto Nacional Bruto), del colectivo O.R.G.I.A. (Organización Reversible de Géneros Intermedios), nos sitúe en la pista de la respuesta.

La supuesta neutralidad del espacio, alberga, como decimos, diversas estrategias de subordinación y dominación, y como consecuencia modelos de desigualdad y ejercicios de violencia. Un primer esbozo vendría dado por el efecto que ejerce para la localización de la diferencia, pero “el tema clave, no es la cuestión de la diferencia per se, sino que concierne al interrogante de quién define la diferencia y cómo se representa[21], cómo se construye y se articula y en base a qué criterios se establece y se desarrolla.“Hay que aceptar que la diferencia y la semejanza, más o menos recóndita, está en todas partes; pero cuáles de ellas se tienen en cuenta y con qué objetivo es algo que se determina fuera de la investigación empírica[22].

Formas de exclusión propuestas desde una conceptualización del espacio y de nuestras vivencias muy determinada e intencionada, que aunque rápidamente experimentadas no son fácilmente localizables, ya que éstas no son únicas ni estables y se presentan de forma fragmentada y descentrada, entremezclándose de tal manera que parecen perder la autoría de quien las ejerce, del mismo modo que consideramos anónimos los discursos que nos construyen. No vemos el poder[23] sino su representación hibridizada, en nuestras ciudades y en nuestras vidas, siendo experimentado en sus efectos y miserias, como recoge Concha Jerez y José Iges en “Net Op€ra”, y desvaneciéndose como causa, quedando arraigada en el conjunto de la red social. Es una escritura no escrita, que modela nuestros cuerpos[24], con extensiones tan diversas y resbaladizas que parecen llegar a confundirse con nuestras propias arterias y capilares, pues es el espacio del cuerpo, en definitiva, el lugar en el que se inscribe y ejerce.

El espacio público es un espejo que desdibuja y neutraliza aquello que no corresponde a sus intereses, proponiendo sistemas de integración, estrategias de sometimiento y de neutralización (y no olvidemos que la estetización también es una forma de neutralización, en cuanto que esconde o subordina las estrategias de poder). Todo un sistema preparado para la adaptación, en el que nada queda de la posibilidad de elección. Poco a poco la hegemonía espacial significa la naturalización de una dominación material a través de la imposición de ciertas percepciones o representaciones de cómo el espacio debe ser apropiado, usado y vivido. Decir que hay que cuestionar la configuración del espacio es decir que hay que cuestionar la configuración cultural del mismo, el sistema de reglas que establecen las relaciones e interrelaciones sociales, la división de los espacios y las formas de organización, estructuración y uso, pues éstos determinan las posibilidades de vida, someten las relaciones y produce identificación: identidad. “El territorio de cada uno empieza y acaba en su propia casa […] Se trata, mediante la militarización de la organización espacial, de construir un mundo perfecto en el que no haya lugar para la fealdad ni el desorden. Urbanizaciones donde, incluso, la presencia física de otros seres humanos llega a ser sentida como algo amenazante[25].

Y mientras, nuestra capacidad de acción en el espacio público, e incluso en nuestra privacidad, es cada vez más controlada por reglas y prohibiciones, como podemos comprobar en la propuesta “Propaganda: Accion02” de Sergio Ojeda. Pensarnos y situarnos como sujetos políticos capaces de decisión y acción, tanto en nuestro entorno como en nuestras propias vidas, es una tarea cada vez más compleja y perseguida. Y situarnos significa desentrañar el entramado de relaciones que nos configuran y que configuramos, es ahondar en la necesidad de entendernos no como un sujeto estable, sino como un proceso constante que puede más o menos ser localizado pese a la complejidad de la composición social y del nuevo orden mundial.

Desde el terreno de lo artístico, al igual que desde otros ámbitos, debemos favorecer una constatación del poder de los ciudadanos/as en cualquier situación social y estructural para transformar críticamente los usos y significados del espacio propuestos por los productores, desvelar las posiciones privilegiadas de los discursos y los procesos de dominación invisibilizados, partiendo de lo cotidiano, de nuestros contextos más inmediatos. Interconectar estrategias opresoras y construir políticas de solidaridad, para así cambiar profundamente nuestras formas de acercarnos y entender la realidad. Posicionarnos contra la impecable continuidad de esta cultura, de sus narrativas que fluyen de forma nada problemática y el conjunto tan limitado de valores que representan. Y así poder evidenciar y cuestionar la forma en la que se nos presenta como una verdad que nos hemos acostumbrado a consumir de forma pasiva y sin ponerla en duda, para producir una interrupción tanto de la continuación de las narrativas convencionales como de la pasividad del consumidor/a.

Las practicas de resistencia no operan construyendo estructuras alternativas de poder o ignorando las reglas dominantes, sino a través de una apropiación crítica y selectiva de prácticas disciplinarias, transformando su sentido original y alterando su carácter represivo, asumiendo que las relaciones de poder son parte constitutiva de lo social y lo político[26], pero que éstas hemos de hacerlas más compatibles con los valores democráticos.

Pues como afirma O. Rofes: “del “artista-paracaidista” que cae de improvisto sobre los espacios públicos y deja tras de si una estela de obras que legitiman su escasa relación con la realidad circundante, recurriendo al discurso moderno de la autonomía del arte, pasamos al artista que intenta observar muy de cerca, conversar libremente, y participar en los rituales de la vida cotidiana de los futuros vecinos que convivirán con un trabajo artístico surgido a partir de esta experiencia[27].

Desde el arte se genera y construye nuevas realidades, no sólo se refleja o cuestiona, sino que en las propuestas va implícita la creación de nuevas formas de vida. Además de señalar y evidenciar también puede transformar, participar y activar.

Alfonso del Río.


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[1] BOURRIAUD, Nicolás. “Estética relacional”, en A.F.R.I.K.A. Gruppe (et al.) Modos de hacer : arte crítico, esfera pública y acción directa, Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2001, p.433.

[2] GARCÍA CANCLINI, Nestor, en PÉREZ FONT, José Luís (comisario), Geografías del desorden: migración, alteridad y nueva esfera social. Valencia: Universidad Politécnica de Valencia, 2006, p.17.

[3] Ver BRAH, Avtar, “Diferencia, diversidad y diferenciación”en HOOKS, Bell; BRAH, Avtar; SANDOVAL, Chela; ANZALDÚA, Gloria… Otras inapropiables : feminismos desde las fronteras, Madrid, Traficantes de sueños, 2004, pp.107-136.

[4] CARRILLO, Jesús, “Especialidad y arte público”, en: A.F.R.I.K.A. Gruppe (et al.) Modos de hacer : arte crítico, esfera pública y acción directa, Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2001, p.140.

[5] Ver al respecto el artículo de ROSLER, Marta, “Si vivieras aquí”, en: A.F.R.I.K.A. Gruppe (et al.) op. cit. pp. 173-2004.

[6] Ver al respecto el documental Confidencias y confesiones, dirigido por Alina Iraizoz y realización de J. Carlos Carrasco y Enrique León, emitido en “Metrópolis”, el 1 de abril de 2004, por La 2 de TVE.

[7] Ibidem, p.132.

[8] Ver al respecto el documental Consumidos, Guión y dirección de Pepa G. Ramos y realización de Carlos Ayuso, emitido en “Documentos TV”, el 4 de diciembre de 2006, a las 23:40 horas, por La 2 de TVE.

[9] ARDANNE, Paul, Un arte contextual: Creación artística en medio urbano, en situación, de intervención, de participación, Murcia: Azarbe, 2006, p.21.

[10] Ibidem, p.27.

[11] DELGADO, Manuel, El animal público: hacia una antropología de los espacios urbanos, Barcelona: Anagrama, 1999, p.14.

[12] Ver CORTÉS, José Miguel G. Orden y caos: un estudio cultural sobre lo monstruoso en las artes, Barcelona: Anagrama, 1997.

[13] ROSLER, Martha, en A.F.R.I.K.A. Gruppe...(et al.), op. cit. p.176.

[14] Ver AMENDOLA Giandomenico, La ciudad postmoderna, Madrid: Celeste, 2000.

[15] ROSLER, Martha, en A.F.R.I.K.A. Gruppe... (et al.), op. cit. p.175.

[16] Ver al respecto el documental Presuntos culpables emitido en el programa Línea 900, el domingo 27 de Junio, a las 20:30h, en La 2 de TVE

[17] Ver M. FOUCAULT, Vigilar, castigar: nacimiento de la prisión, Madrid: Siglo XXI, 2000.

[18] Un ejemplo de las prácticas de resistencia y camuflaje lo encontramos en el trabajo de L. BLISSET, Manual de guerrilla de la comunicación, Barcelona: Virus, 2000.

[19] Ver ABAD, Antoni, Madrid: cuartos mundos, Madrid: La Casa Encendida, 2005.

[20] BORJA, Jordi, El espacio público: ciudad y ciudadanía, Barcelona: Electa, 2003, p. 40.

[21] BRAH, Avtar, en HOOKS, Bell (et.al), op. cit. p.120.

[22] LAQUEUR, Thomas, La construcción del sexo : cuerpo y género desde los griegos hasta Freud, Madrid: Cátedra, 1994, p.31.

[23] Ver WALLIS, Brian [ed.]: Arte después de la modernidad. Nuevos planteamientos en torno a la representación, Madrid: Akal, 2001. pp. 421–436.

[24] Ver MCLAREN, Peter. Pedagogía crítica y cultura depredadora. Políticas de oposición en la era posmoderna, Barcelona: Paidós, 1997, p.91.

[25] CORTÉS, José Miguel G. (et.al.) Contra la arquitectura: la urgencia de (re)pensar la ciudad, Valencia, Generalidad Valenciana, 2000, p.55.

[26] Político entendido en las acepciones propuestas por Chantal Mouffe a “lo político” (ligado a la dimensión de antagonismo y de hostilidad que existe en las relaciones humanas, antagonismo que se manifiesta como diversidad de relaciones sociales) y “la política” (que se apunta a establecer un orden, a organizar la coexistencia humana en condiciones que son siempre conflictivas, pues están atravesadas por “lo” político). MOUFFE, Chantal, El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, Barcelona: Paidós, 1999, pp.14

[27] PARRAMÓN, Ramón (dir.), IDENSITAT CLF BCN 01-02: proyectos de intervención crítica e interacción social en el espacio público, Madrid: Injuve, 2003, p. 35.